</AS>

Aleix Soler

2026

Valores - lo que realmente decide por ti cuando no miras

Una reflexión honesta sobre cómo los valores, no los objetivos ni los deseos, guían las decisiones importantes, a menudo sin que seamos conscientes de ello.

Antes de entrar en materia, vale la pena decirlo claro: todo este texto nace a raíz de la lectura de El sutil arte de que todo te importe una mierda. No porque sea un libro revelador en un sentido místico, sino porque me ha obligado a parar, a revisar cómo decido y, sobre todo, qué valores estoy priorizando de verdad, no los que digo que tengo.

Me ha gustado porque no vende soluciones fáciles, porque pone el foco en el coste de vivir de una determinada manera y porque te devuelve la responsabilidad: no eres víctima de lo que te pasa, sino de lo que valoras. No es un libro perfecto ni lo pretende, pero es lo bastante honesto como para hacerte pensar. Y, además, me ha resultado divertido. Por eso lo recomiendo. Lo que viene a continuación es, en buena parte, el sedimento que me ha dejado esta lectura…

Valores: lo que realmente te guía cuando el piloto automático falla

Muchas personas vivimos, me incluyo, con rutinas y con el piloto automático activado. Pensamos, decidimos y hacemos las cosas de forma bastante automatizada. Días, meses, años. Sin pararnos demasiado a revisar por qué hacemos lo que hacemos o hacia dónde nos está llevando.

Esto puede durar mucho tiempo. Hasta que llega un punto vital, en mi caso, la famosa crisis de los 30, si es que existe, en el que algo chirría lo bastante fuerte como para obligarte a parar.

Y aparecen preguntas que no son cómodas, pero sí inevitables:

  • ¿Por qué he llegado hasta donde he llegado?
  • ¿Por qué personas que han seguido un camino muy similar al mío han acabado en lugares tan distintos?
  • ¿Por qué hay gente que no prioriza cosas que, para mí, son absolutamente vitales?
  • ¿Y por qué yo mismo aguanto situaciones que, racionalmente, diría que no encajan con lo que quiero?

Aquí es donde creo que entra en juego, entre muchos otros factores que no sabría enumerar porque no soy lo bastante sabio para hacerlo, el sistema de valores.

Un sistema que no suele ser consciente, que no hace ruido, que no pide permiso. Pero que está ahí. Siempre. Actuando desde la sombra.

Los valores han sido los verdaderos motores:

han provocado conflictos, han empujado hacia éxitos, han dado fuerza cuando tocaba insistir y, también, han decidido cuándo el cerebro debía parar y decir: esta lucha ya no me representa.

No decides solo con la cabeza. Decides con los valores que ya llevas incorporados, te gusten o no.

Qué es (y qué no es) un valor

Aquí conviene pararse un momento, porque una de las principales fuentes de confusión es esta.

  • Un valor no es un deseo.
  • Un valor no es un objetivo.
  • Un valor no es un estado emocional.

No son valores: felicidad, éxito, tranquilidad, paz interior, amor… Todo eso son estados que quieres alcanzar o resultados finales. Pero no te ayudan a decidir qué hacer cuando las cosas se complican.

Un valor es otra cosa: es una forma concreta de actuar, una manera de decidir y de vivir que acepta consecuencias.

Un valor siempre implica un coste. Genera conflictos. Te obliga a renunciar a algo.

Si un “valor” no te hace perder nada, no es un valor. Es un eslogan, una etiqueta bonita o autoengaño bien presentado.

Esta idea aparece de forma muy clara en El sutil arte de que todo te importe una mierda. El libro tiene un tono provocador, pero su núcleo real, lo que lo hace interesante, es precisamente esto: los valores.

No descubres tus valores pensándolos. Los reconoces observando cómo decides cuando hay un coste real. O dicho de otra forma: no eres lo que dices que valoras, eres lo que valoras cuando decidir te sale caro.

El libro lo ilustra con dos ejemplos casi simétricos. Por un lado, el batería de The Beatles, que abandonó el grupo en sus inicios y aparentemente “fracasó”. Por otro, el guitarrista expulsado de Metallica, que forma una nueva banda y consigue éxito, dinero y reconocimiento según los estándares sociales. El resultado es paradójico: el primero acaba aceptando su situación y encontrando una vida satisfactoria; el segundo, pese al éxito externo, vive amargado, frustrado y resentido.

La lección es clara: la misma situación objetiva puede conducir a vidas radicalmente distintas según los valores con los que se interpreta y se afronta. Uno sale del pozo. El otro se recrea en él. Para mí, esta ha sido la clave del libro, lo que me hizo abrir los ojos.

Por qué tomar conciencia de tus valores puede cambiar cosas (sin cambiarlo todo)

Aquí viene una idea importante: trabajar tus valores no implica hacer grandes cambios externos. No hace falta dejar el trabajo, ni cambiar de ciudad, ni giros dramáticos.

A veces, basta con hacer consciente aquello que ya te está gobernando. Plantar la semilla de la conciencia ya puede tener efectos. Poco a poco, el subconsciente empieza a ajustar parámetros: qué aceptas, qué aguantas, qué dejas pasar y qué ya no.

También puede ocurrir algo menos agradable pero necesario: darte cuenta de que algunos valores que te han empujado hasta ahora también pueden ser los mismos que te están haciendo daño.

Y con el tiempo, no rápidamente, eso puede acercarte a cierta coherencia interna. O dicho de una forma más nerd: hackearte para que tu yo más profundo apunte, cada vez más, hacia tus objetivos más profundos.

Cómo descubrir tus valores

Los valores no se descubren pensando quién te gustaría ser. Se descubren mirando quién ya estás siendo.

A continuación tienes 4 ejercicios, ordenados como filtros sucesivos. Si los haces bien, con ejemplos concretos y sin autoengaño, acabas con tus valores actuales, no con los que quedan bien sobre el papel.

Ejercicio 1: mira tu historial

Este ejercicio es clave porque evita el autoengaño.

1) ¿Dónde has invertido tiempo y energía a pesar de la dificultad? ¿Qué sigues haciendo aunque sea lento, frustrante o poco reconocido?

Invertir tiempo y energía sin recompensa inmediata indica compromiso. Aquí aparecen valores vividos, no aspiracionales.

2) ¿Qué conflictos repites una y otra vez? Aquello que te molesta de forma recurrente no es casual. A menudo toca un valor sensible.

Aquello que defiendes en un conflicto suele ser un valor herido.

3) ¿Qué te hace sentir orgulloso aunque nadie lo vea? Acciones que harías igualmente aunque no te dieran dinero, reconocimiento o estatus.

Aquí suelen aparecer valores internos, no impuestos.

Ejercicio 2: el precio a pagar

Completa esta frase con honestidad:

Estoy dispuesto a sufrir/renunciar/complicarme la vida por ________.

No vale poner “ser feliz”, “estar bien” o “tener paz”. Eso son estados deseados, no criterios de decisión.

El hueco debe llenarse con cosas concretas y exigentes, por ejemplo:

  • aprender profundamente una disciplina
  • hacer las cosas bien aunque sea más lento
  • decir la verdad aunque me complique relaciones
  • construir algo sólido a largo plazo

Sin precio, no hay valor. Solo buenas intenciones.

Ejercicio 3: reducción estratégica

Después de esto, probablemente tendrás una lista larga. Es normal. El problema es que demasiados valores no te ayudan a decidir.

Si todo es importante, nada es prioritario. Aquí toca elegir y quedarte con 3–5 valores.

¿Por qué tan pocos?

  • porque los valores sirven para decidir bajo presión
  • porque no puedes honrarlo todo a la vez
  • porque cuando dos valores chocan, necesitas saber cuál pesa más

Limitarte a 3–5 valores te obliga a definir qué estás dispuesto a sacrificar cuando no puedes tenerlo todo. Obviamente puedes tener más, pero muy probablemente no podrás priorizarlos todos al mismo tiempo. Esto, hablo por experiencia personal, genera dolores de cabeza y cortocircuitos internos. Mejor mantenerlo KISS o, como mínimo, ser consciente de dónde pones el peso.

Un valor útil debe ser operativo, no decorativo. Ejemplo:

  • “Honestidad” es demasiado genérico. En cambio:
  • “Decir la verdad aunque pierda comodidad o ventajas” marca una línea clara.

Ejercicio 4: el filtro final

Un valor solo es sólido si:

  • te ayuda a decir NO
  • te hace aceptar consecuencias
  • simplifica decisiones difíciles

Pregunta final para validarlo:

Si vivo esto de verdad, ¿qué pierdo?

Si la respuesta es “nada”, descártalo.

Un valor sin pérdida asociada es solo una etiqueta bonita.

Cierre

Una vez hechos estos ejercicios, pocos pero exigentes, deberías poder ver con mucha más precisión cuáles son tus valores actuales.

No los ideales. No los que quedan bien. Sino los que ya estás dispuesto a pagar.

Y aquí es donde, sin grandes promesas, empieza a cambiar algo importante: no porque la vida se vuelva fácil, sino porque, como mínimo, dejas de luchar contra ti mismo.

Y dicho todo esto, estamos a principios de enero. Muchos venimos de hacer (o de intentar hacer) la clásica resolución de 2026: comer mejor, hacer más deporte, dejar malos hábitos, empezar proyectos, ser “mejores versiones” de nosotros mismos.

Quizá, antes de añadir más objetivos a la lista, puede ser buena idea pararse un momento y preguntarse desde dónde los estamos planteando. Tener claros tus valores no garantiza que cumplas ningún propósito, pero sí evita que vayas acumulando frustraciones sin entender por qué.

Si este texto sirve para que alguien, aunque sea una sola persona, revise qué está dispuesto a pagar y qué ya no, yo ya doy mi granito de arena para contribuir a que todos estemos un poco mejor de la cabeza. Que, vistos los tiempos que corren, tampoco es poca cosa.

¡Feliz año!